La sodalita, de un azul profundo veteado de blanco, seduce con su aspecto de suave noche nevada, pero a menudo se la mira con cierta condescendencia: suele pasar por la pariente pobre del magnífico lapislázuli, cuya historia antigua nos maravilla. Y sin embargo la sodalita, más discreta, es verdad, sabe sorprendernos y a veces esconde poderes maravillosos.
Características mineralógicas de la sodalita
Dentro del gran grupo de los silicatos, la sodalita se encuadra en los tectosilicatos feldespatoides. Se trata de un subgrupo cercano a los feldespatos, pero con propiedades físicas y químicas distintas: su bajo contenido en sílice los convierte en minerales mucho menos densos. El aluminio abunda en su composición, de ahí la denominación científica de «aluminosilicato». Además, la sodalita se caracteriza por un contenido muy alto de sodio, acompañado de cloro.
La sodalita forma parte de la familia de los «ultramares». El nombre alude a la procedencia del lapislázuli, más allá del Mediterráneo. El lapislázuli es una asociación de varios minerales. Está compuesto sobre todo de lazurita, clasificada también entre los ultramares, acompañada a veces de otros minerales parecidos: la haüyna y la sodalita. La calcita y la pirita también entran en su composición. La pirita, que da al lapislázuli sus reflejos dorados, rara vez aparece en la sodalita.

La sodalita se encuentra en medios rocosos pobres en sílice, nacidos de la actividad volcánica: en rocas magmáticas como la sienita o en los materiales que expulsan los volcanes durante las erupciones. También está presente en los meteoritos. Lo más habitual es hallarla en granos aislados dentro de la roca o en agregados masivos, y bastante raramente en forma de cristales separados.
Los colores de la sodalita
Las piedras ornamentales, las figurillas y las gemas talladas en cabujón o facetadas son casi siempre de un azul claro a azul noche, a menudo veteado de calcita blanca que les da un aspecto nuboso o filamentoso. Las sodalitas también pueden ser blancas, rosas, amarillentas, verdosas o rojizas, y más raramente incoloras.
Procedencia de la sodalita
Existen explotaciones en cantera en los siguientes países y regiones:
- Canadá, provincia de Ontario: Bancroft, Dungannon, Hastings. Provincia de Quebec: Mont Saint-Hilaire.
- Estados Unidos, estados de Maine, Montana, Nuevo Hampshire y Arkansas.
- Brasil, estado de Bahía: canteras azules de Fazenda Hiassu, en Itaju do Colônia.
- Rusia, península de Kola, al este de Finlandia, y los Urales.
- Afganistán, provincia de Badakhshan (hackmanita).
- Birmania, alrededores de Mogok (hackmanita).
- India, estado de Madhya Pradesh.
- Pakistán (presencia rara de cristales con pirita).
- Tasmania
- Australia
- Namibia (cristales transparentes).
- Alemania occidental, montes Eifel.
- Dinamarca, sur de Groenlandia: Ilímaussaq
- Italia, Campania: complejo del Somma-Vesubio
- Francia, Cantal: Menet.
Joyas y objetos de sodalita
La tenebrescencia de la sodalita
La sodalita presenta un raro fenómeno de luminiscencia llamado tenebrescencia o fotocromismo reversible. Esta característica se aprecia aún más en una variedad rosa llamada hackmanita, por el mineralogista finlandés Victor Hackman. La hackmanita de Afganistán es rosa pálido con luz normal, pero se vuelve de un rosa intenso a pleno sol o bajo una lámpara de rayos ultravioleta.
Si se deja en la oscuridad, conserva ese mismo brillo durante unos instantes o unos días gracias al fenómeno de la fosforescencia. Después pierde su color espectacular, como una rosa que se marchita. El proceso se repite en cada experimento con el mismo ejemplar.

El fenómeno inverso se observa en la hackmanita del Mont Saint-Hilaire, en Canadá: su bonito rosa vira al verdoso bajo los rayos UV. Algunas sodalitas procedentes de la India o de Birmania se vuelven naranjas y adquieren reflejos malva al apagar las lámparas.
Los átomos del mineral absorben los rayos ultravioleta y luego los devuelven de esta forma tan sorprendente. Es un fenómeno casi mágico y muy caprichoso: se observa en algunas sodalitas, mientras que otras de aspecto idéntico y del mismo lugar no lo producirán jamás.
Otras sodalitas
- A la sodalita se la llama a veces «alomita», por Charles Allom, gran propietario de canteras en Bancroft (Canadá) a principios del siglo XX.
- La ditroita es una roca compuesta, entre otros minerales, de sodalita, y por tanto muy rica en sodio. Debe su nombre a su lugar de origen: Ditró, en Rumanía.
- La molibdosodalita es una sodalita italiana que contiene óxido de molibdeno (un metal que se emplea en metalurgia).
- La sodalita sintética se comercializa desde 1975.
Etimología de la palabra «sodalita»
En 1811, Thomas Thomson, de la Real Sociedad de Edimburgo, da nombre a la sodalita y publica su memoria científica:
«Hasta ahora no se ha encontrado ningún mineral que contenga tanta sosa como el que es objeto de esta memoria; esa es la razón que me ha llevado a adoptar el nombre con el que lo designo…»
El nombre sodalita se compone, pues, de «soda» («sosa» en inglés) y de «lita» (de lithos, palabra griega que designa la piedra o la roca). La palabra inglesa soda procede del mismo término del latín medieval, soda, derivado a su vez del árabe suwwad, una planta cuyas cenizas servían para fabricar la sosa. Y como anécdota: la soda, la bebida gaseosa, es la abreviatura de «soda-water» («agua de sosa»).
La sodalita a lo largo de la historia
La sodalita en la Antigüedad
La sodalita fue descubierta y descrita a principios del siglo XIX. Pero eso no significa que antes fuera desconocida. El lapislázuli de la Antigüedad, que los egipcios y otras civilizaciones mediterráneas emplearon en abundancia, procede de las minas de Badakhshan, en Afganistán, de donde todavía hoy se extrae sodalita.
Cabe pensar que la sodalita no era especialmente buscada, porque los textos antiguos no la mencionan. Plinio el Viejo solo describe dos piedras azules. Por un lado, el sapphirus de pequeñas motas doradas, que sin duda corresponde al lapislázuli con sus inclusiones de pirita. Por otro, el cyanus, que imita el azul del cielo y que sería el zafiro.

Y sin embargo, los romanos conocían muy bien una variedad de sodalita, aunque no destaca por su color azul. Suele ser grisácea o verdosa, y a veces de una gran transparencia. Es la sodalita del Vesubio. Hace 17.000 años, el volcán «madre», el Somma, se derrumbó y dio origen al Vesubio. La sodalita presente en la lava que expulsa el Vesubio procede de aquel gran trastorno.
La erupción del Vesubio del año 79 d. C., que sepultó Pompeya y Herculano, le costó la vida a Plinio el Viejo. El escritor naturalista, víctima de su incansable curiosidad, murió por acercarse demasiado al volcán y compartió así la suerte de miles de víctimas.
En el siglo XIX se descubrieron sodalitas granudas, idénticas a las del Vesubio, a orillas del lago Albano, muy cerca de Roma. La montaña que rodea este lago es con toda seguridad un antiguo volcán. Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma, hizo levantar en su cima un templo dedicado a Júpiter hacia el año 500 a. C. Aún quedan algunos vestigios, pero el monte Albano guarda también otros recuerdos: el lugar está cubierto de minerales volcánicos.
Tito Livio, historiador romano del siglo I d. C., relata un suceso que habría ocurrido mucho antes de su época y que parece evocar la sodalita: «la tierra se abrió en aquel lugar formando una sima horrible. Cayeron piedras del cielo como si fuera lluvia, el lago inundó todos los campos…».
La sodalita en las civilizaciones precolombinas
Hacia el año 2000 a. C., la civilización de Caral, en el norte de Perú, utiliza la sodalita en sus rituales. En el yacimiento arqueológico se han encontrado ofrendas compuestas de fragmentos de sodalita, cuarzo y figurillas de arcilla sin cocer.

Mucho más tarde (del siglo I al año 800 d. C.), la civilización mochica dejó asombrosas joyas de oro en las que la sodalita, la turquesa y la crisocola componen minúsculos mosaicos. En el Museo Larco de Lima pueden verse orejeras que representan aves guerreras sobre una gama de azules. Otras están adornadas con una alternancia de diminutos lagartos de oro y de sodalita.
La sodalita en la Edad Media y el Renacimiento
A partir del siglo XIV se empieza a extraer la lazurita del lapislázuli para transformarla en pigmento azul ultramar. El azul translúcido de la sodalita no puede aprovecharse y resulta, por tanto, inútil para este uso. La sodalita pasa muy desapercibida en esta época.
La sodalita en la época moderna
En 1806, Karl Ludwig Giesecke, mineralogista al servicio de Dinamarca, trae de un viaje a Groenlandia diversos minerales, entre ellos la futura sodalita. Unos años después, Thomas Thomson consigue también muestras de este mineral, lo analiza y le da nombre.
Por la misma época, el conde polaco Stanisław Dunin-Borkowski estudia la sodalita del Vesubio que ha recogido en la ladera llamada Fosso Grande. Sumerge fragmentos de esta piedra, de gran transparencia, en ácido nítrico y comprueba que en su superficie se forma una corteza blanca. Reducida a polvo, la sodalita se gelifica en los ácidos.
Tras contrastar análisis y experimentos, la piedra de Groenlandia y la del Vesubio son declaradas de la misma especie.
La sodalita canadiense
En 1901, María, princesa de Gales y esposa del futuro Jorge V, visita la Exposición Universal de Búfalo y admira en especial la sodalita de Bancroft, capital mineral de Canadá. Se envían entonces 130 toneladas de roca a Inglaterra para decorar la residencia principesca de Marlborough House (hoy sede de la Secretaría de la Commonwealth). Desde entonces, las canteras de sodalita de Bancroft se llaman «Minas de la Princesa».
Parece que el apodo de la sodalita, «Princesa Azul», se le dio en homenaje a otro miembro de la familia real británica de la época: la princesa Patricia, nieta de la reina Victoria y muy popular en Canadá. A partir de entonces, la sodalita azul se pone de moda. En relojería, por ejemplo, se usa a menudo para la esfera de los relojes de lujo.
Desde 1961, las canteras de Bancroft están abiertas al público. La «Rock Farm» es el rincón más simpático del lugar. Al estilo de las granjas donde uno mismo recoge la fruta y la verdura, aquí cualquiera puede recolectar sodalita a un precio asequible, por peso. Tú eliges y extraes tus tesoros: pequeñas muestras de colección o buenos trozos para decorar el jardín. El cubo te lo dan. ¡Lo único obligatorio es llevar un buen calzado cerrado!
Las virtudes de la sodalita en litoterapia
En la Edad Media, el sodanum, extraído probablemente de una planta, era un remedio a base de sosa que se usaba contra el dolor de cabeza. La litoterapia reencuentra ese efecto benéfico en la sodalita. Ayuda a aligerar los pensamientos y calma las tensiones y los sentimientos inútiles de culpa. Al alejar las penas, favorece la meditación y sacia en armonía nuestra búsqueda de un ideal y nuestra sed de verdad.

Los beneficios de la sodalita frente a los males físicos
- Estimula el funcionamiento del cerebro
- Equilibra la tensión arterial
- Regula el equilibrio endocrino: acción favorable sobre la tiroides, la producción de insulina…
- Atenúa las carencias de calcio (espasmofilia)
- Calma las crisis de pánico y las fobias
- Favorece el sueño de los bebés
- Elimina el estrés de los animales de compañía
- Alivia los trastornos digestivos
- Calma la ronquera
- Aumenta la vitalidad
- Ayuda a combatir la diabetes
- Neutraliza la contaminación electromagnética
Los beneficios de la sodalita para la mente y las relaciones
- Ordena la lógica del pensamiento
- Favorece la concentración y la meditación
- Ayuda a dominar las emociones y los excesos de sensibilidad
- Facilita la elocución
- Favorece el conocimiento de uno mismo
- Devuelve la humildad o, al contrario, disipa el sentimiento de inferioridad
- Facilita el trabajo en grupo
- Desarrolla la solidaridad y el altruismo
- Refuerza la fidelidad a las propias convicciones
La sodalita se asocia, ante todo, al sexto chakra, el chakra del tercer ojo (sede de la conciencia).
Purificación y recarga de la sodalita
El agua de manantial, el agua desmineralizada o simplemente el agua del grifo le irán de maravilla. Evita la sal o úsala solo muy de vez en cuando.
Para recargarla, nada de sol: prefiere la luz de la luna para recargar la sodalita o colócala dentro de una geoda de amatista.








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