En Chipre, sobre la tumba del rey Hermias, un león de mármol con ojos de esmeralda vigilaba las olas. El brillo verde de su mirada penetraba tanto en el mar que los atunes, sobresaltados, huían mar adentro. Asombrados e inquietos, los pescadores le quitaron las esmeraldas al león y le pusieron otros ojos.
Hace unos dos mil años, Plinio el Viejo recogía esta historia y la remataba así: «la luz que lanza la esmeralda, en rayos tan vivos como suaves, parece hacer brillar el aire que la rodea. Al sol o a la sombra, iluminada de noche por las velas, siempre es bella, siempre resplandece.»
La esmeralda fascina desde siempre. Se busca un brillo aterciopelado con un agua limpia, sin puntos ni manchas, sin «nubes» y sin «hielo». La búsqueda de la perfección natural casi siempre acaba en nada. Las esmeraldas más deslumbrantes muestran sombras ligeras, una turbidez sutil o diminutas burbujas chispeantes. Lejos de estropear su belleza, estas señas particulares dan fe de su autenticidad.
Características mineralógicas de la esmeralda

Mineral del grupo de los silicatos, subgrupo de los ciclosilicatos, la esmeralda es el miembro más prestigioso de la familia de los berilos. Su célebre color verde, muy estable a la luz, va del verde pálido al verde profundo. Se debe casi siempre al cromo que entra en su composición y, a veces, al vanadio (son las raras esmeraldas vanadíferas).
Su dureza es de 7,5 a 8 en una escala de 10. Transparente a translúcida, la esmeralda presenta con frecuencia inclusiones de cristales, a veces de carbono, que dibuja un motivo en forma de estrella (asterismo). Líquidos o gases pueden enturbiarla en mayor o menor grado. A ese aspecto nebuloso se le llama escarcha, y al conjunto de particularidades de una esmeralda se le da un nombre precioso que evoca su verdor: el jardín.
Las esmeraldas nacen de la acción de vetas magmáticas o hidrotermales sobre rocas metamórficas (transformadas por la presión o por el aumento de la temperatura). Se encuentran con distintos aspectos en el cuarzo, los micaesquistos y las pegmatitas. En los yacimientos, las esmeraldas suelen ir acompañadas de albitas, apatitos, aragonitos, baritas, calcitas, dolomitas, fluoritas y piritas.
Es posible confundirla con otras piedras del mismo color, confusión alentada por denominaciones engañosas hoy prohibidas:
- Fluorita verde (llamada «esmeralda de África»)
- Dioptasa (llamada «esmeralda de cobre»)
- Hiddenita (llamada «esmeralda lítica»)
- Turmalina verde (llamada «esmeralda de Siberia» o «esmeralda de Brasil»)
- Demantoide (llamado «esmeralda de los Urales»)
- Zafiro verde (llamado «esmeralda oriental»)
- Grosularia tsavorita
- Aventurina
- Peridoto
La esmeralda sigue siendo una de las cuatro piedras llamadas «preciosas», junto con el diamante, el rubí y el zafiro, aunque esa denominación ya no existe oficialmente desde 2002. Se talla habitualmente en rectángulo con las esquinas biseladas, y esta forma tradicional facetada acabó llamándose «talla esmeralda».
Joyas y objetos de esmeralda
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Principales lugares de extracción
Colombia es hoy la fuente más importante, tanto en volumen como en calidad. Allí se encuentran las raras esmeraldas llamadas «trapiche» (un fenómeno visible de concentración de cromo). Hay yacimientos muy antiguos, sobre todo los de Muzo y Chivor (esmeraldas de verde azulado) o el de Coscuez (piedra de color verde amarillento), y otros recientes como Pita (cristal verde hierba).

Las condiciones de extracción en las galerías son terribles: las minas, mal ventiladas, bajan hasta 300 m de profundidad, con temperaturas de 40 o 45 °C y el ruido incesante de los martillos neumáticos. No paran nunca, y hasta la última miga verde se rebusca entre los desechos por una multitud afanosa de adultos de todas las edades y de niños, algunos muy pequeños.
Un dato: la mayor colección de esmeraldas se encuentra en el museo del Banco de la República de Colombia, en Bogotá. Allí puede verse un ejemplar de 1.795 quilates.
Entre los demás lugares de extracción están Brasil (con esmeraldas de excelente color), Estados Unidos, Sudáfrica (a menudo demasiado claras o turbias), Ghana, Madagascar, Malaui, Mozambique, Namibia, Nigeria, Tanzania, Zambia (extracción abundante a cielo abierto pero de calidad media), Zimbabue (desde 1955, verde con matices amarillos), Afganistán, India, Pakistán, Australia y Rusia (en los Urales, con una producción esporádica desde 1830).
Para la historia y para los coleccionistas, cabe citar también las minas históricas de Austria (Salzburgo), Egipto (Asuán) y Noruega (Oslo).
Etimología y significado de la palabra «esmeralda»

En el origen de la palabra esmeralda encontramos o bien el sánscrito açmagarbha, o bien el persa zamarut. Ambos significan «corazón de piedra». La palabra griega que deriva de ellos, smaragdos, significa «gema verde». De ahí saldrá smaragdus en latín, que a su vez evolucionará hacia esmeraldus y esmeralda en latín vulgar.
De estas palabras procede la forma francesa del nombre. Hacia 1100, el monje erudito Philippe de Thaon escribe esmaragde en su lapidario. Unos años más tarde, el poeta Chrétien de Troyes emplea la palabra esmeraude, forma antigua del término francés actual.
El latín smaragdus dará también el adjetivo «esmaragdino», que designa el color verde esmeralda. La esmaragdita, por su parte, es una piedra verde del grupo de los anfíboles. Los términos smaragdos, smaragdus y demás esmeraudes de la Edad Media se aplicaron a un gran número de piedras verdes.
Como curiosidad, el español conservó casi intacta la forma del latín vulgar: esmeralda. Pero no es el color de sus ojos lo que da nombre a la bella Esmeralda de Nuestra Señora de París, porque Victor Hugo precisa que «sus grandes ojos negros lanzaban relámpagos».
Las esmeraldas a través de la historia
No todas las esmeraldas citadas en la Antigüedad y en la Edad Media son verdaderas esmeraldas. En el siglo XVIII, historiadores y algunos mineralogistas llegaron a sostener que esta piedra era desconocida antes de que los conquistadores la trajeran del Nuevo Mundo.
En 1816, el explorador francés Frédéric Cailliaud redescubre las minas de Zabarah, en el Alto Egipto, llamadas «minas de Cleopatra» o «minas de Salomón». Situadas cerca de Asuán, se explotaron desde 1500 años antes de nuestra era. Está claro que todas las civilizaciones antiguas conocían esta piedra.
Las esmeraldas en la Antigüedad
En el antiguo Egipto, mafek o chesbet designan las piedras verdes, que simbolizan todas el renacimiento y la fertilidad. Griegos y romanos harán lo mismo con smaragdos y smaragdus. Pese a esa ambigüedad, la verdadera esmeralda es reconocida y muy apreciada en la Antigüedad. Es piedra de amor y de conocimiento, asociada a menudo a las diosas Venus y Vesta.

En la Antigüedad abundan las descripciones de suntuosos edificios de «esmeralda». Teofrasto, y más tarde Plinio, saben muy bien que esas historias fabulosas de esmeraldas gigantescas son inverosímiles. La esmeralda, rara, se presenta siempre en pequeño volumen: ¡imposible hacer con ella estatuas, pilares de templos u obeliscos!
La esmeralda es quebradiza, pero egipcios y griegos no dudan en grabarla a pesar de la dificultad. Prefieren el entalle, quizá por comodidad. Los romanos, en cambio, se niegan en rotundo, y así evitan una talla o un grabado torpes. La piedra es tan bella que hay que respetarla. Se limitan a darle, si hace falta, una forma cóncava para que «la luz pueda reunir en ella sus rayos».
Séneca cuenta que Demócrito, filósofo curioso de todo, se interesaba por la alquimia y fabricaba esmeraldas de buena gana: «Lograba comunicar el fuego y el color de la esmeralda a cualquier guijarro».
Plinio precisa que las esmeraldas planas devuelven las imágenes como los espejos. Según él, Nerón miraba los combates de gladiadores con una esmeralda. No da más detalles, y el hecho se ha comentado y discutido muchas veces desde entonces. Algo de verdad debe de haber en la anécdota, ¡pero encontrarle sentido común parece difícil tratándose del personaje! ¿Extravagancia de un emperador desequilibrado o simple necesidad de proteger sus ojos del resplandor del sol?

En la Antigüedad, la esmeralda es beneficiosa para la vista y se le reconocen también otras virtudes en litoterapia: previene las crisis de epilepsia, protege a las parturientas y aleja a los malos espíritus.
Las esmeraldas no vienen solo de Egipto. Las minas de Habachtal, cerca de Salzburgo, en Austria, ya se explotan. Romanos, celtas y, más tarde, todas las civilizaciones europeas se abastecen allí. Así, la esmeralda de la corona de Francia del siglo XIII, llamada de San Luis, procede de Austria.
Las bellas esmeraldas coloreadas de Escitia y las más pequeñas de Bactriana que alaba Plinio no son pura invención. Aquellos territorios antiguos ocupaban más o menos los actuales Afganistán, Irán y Pakistán. Hoy existen en esas regiones minas de esmeraldas magníficas, como la del valle del Panjshir. Pudieron explotarse ya en la Antigüedad. Gracias a las conquistas de Alejandro Magno (hacia 325 a. C.), el comercio entre Oriente y Occidente cobró un impulso considerable, lo que facilitó la adquisición de estas esmeraldas lejanas.
Las esmeraldas en la Edad Media
Con todo, la esmeralda sigue siendo extremadamente rara antes del siglo XVI. En Francia se prefiere el rubí. La esmeralda tiene una reputación algo menos favorable que en Oriente y bajo el Imperio romano. Ayuda a la adivinación, pero el diablo, nunca lejos en aquella época, se le asocia a menudo. El «quadran», una máquina formada por una especie de rueda de madera, permite tallarlas con bastante habilidad.

En cuanto a las virtudes que se le atribuyen en litoterapia, el obispo de Rennes Marbodo escribe en su lapidario del siglo XII que «la esmeralda refrena los bonitos impulsos de la lujuria y da al hombre una palabra que no engaña». Más tarde, en el siglo XIV, el caballero Jehan Mandevylle (Juan de Mandevilla), explorador y erudito, escribe sobre la esmeralda:
«Da riqueza, dignidad, honestidad y hace hablar con sabiduría. Cura las fiebres y la enfermedad llamada epilencia (epilepsia). Si se lleva al cuello, fortalece mucho la vista y cura toda enfermedad de los ojos» (las serpientes quedan al margen: si se le muestra a una la verdadera esmeralda, perderá la vista).
«Hombre y mujer, cuando yacen juntos carnalmente, no deben llevarla encima, pues la piedra se enturbia, se rompe y se echa a perder.»
Por último, no olvida los consejos de mantenimiento:
«Si esta piedra pierde su claridad, remójala en vino y frótala bien con un paño empapado en aceite de oliva: recuperará color y claridad.»
El Renacimiento y el descubrimiento del Nuevo Mundo
En el siglo XVI, las esmeraldas colombianas y peruanas embarcadas en los navíos de los conquistadores españoles se comercializan por toda Europa, en Oriente Medio e incluso en la India, donde los mogoles las aprecian mucho.
Las civilizaciones precolombinas explotan las minas de Muzo, Coscuez y Chivor mucho antes de la llegada de los europeos. Las esmeraldas sirven de adorno, de ofrenda a los dioses y de moneda de cambio. Los aztecas las llaman quetzalitztli, en relación con el ave sagrada de largo plumaje verde, el quetzal.

Los habitantes del valle de Manta, en Perú, adoran a una diosa esmeralda del tamaño de un huevo de avestruz. La sacan en procesiones festivas y religiosas, y se recomienda encarecidamente ofrecerle pequeñas esmeraldas. Parece que los españoles encontraron las piedras pequeñas, pero la opulenta diosa estaba tan bien escondida que nunca se la volvió a ver.
No todos los tesoros embarcados en los galeones españoles llegan a su destino: las rutas marítimas son peligrosas y los naufragios, frecuentes. Hace unos veinte años, una magnífica esmeralda oblonga de 964 quilates fue rescatada de un pecio hundido frente a las costas de Florida. Esta pieza, que se creía perdida para siempre, lleva el nombre de «Reina Isabel». El célebre conquistador Hernán Cortés la habría bautizado así en homenaje a Isabel de Castilla, fallecida en 1504, cuando él dejaba España rumbo a su primer viaje al Nuevo Mundo.
La Edad Moderna y la época contemporánea

En 1700, el orfebre José de Galaz crea una joya religiosa de estilo barroco en oro de 18 quilates compuesta por un zafiro, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barrocas, 168 amatistas y 1.485 esmeraldas. Tras siete años de trabajo, entrega su obra a la iglesia de San Ignacio de Bogotá, en una Colombia llamada entonces Nueva Granada, completamente colonizada y cristianizada. Los reflejos verdes que dominan esta custodia le valieron el apodo de Lechuga. La Lechuga salió de su tierra natal por primera vez hace unos años, para una exposición temporal en el Museo del Prado de Madrid.
Gracias a los conquistadores españoles, la esmeralda se vuelve más abundante y más conocida en el Viejo Mundo. Se admira su belleza y ya no se la confunde con otras piedras.
En París, el Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional guarda sellos grabados y joyas de esmeralda, algunos antiguos, realizados con esmeraldas del Viejo Mundo, pero también se admiran allí muchas esmeraldas americanas. Estas pequeñas maravillas dan testimonio del entusiasmo que despertó la esmeralda a partir del Renacimiento. Hay camafeos y entalles con la efigie de los reyes Enrique IV, Luis XIV y Luis XV, un colgante de Catalina de Médici y cierres de pulsera de Madame de Pompadour.
El verde es el color favorito de Napoleón I, que regala numerosas joyas adornadas con esmeraldas a las emperatrices Josefina y María Luisa. Napoleón elige también una esmeralda célebre para regalársela al papa Pío VII, que había venido a París para su coronación en 1804. Este regalo diplomático es en realidad la devolución de una gema de más de 440 quilates confiscada por los franceses en 1798 según las cláusulas del tratado de paz de Tolentino. De un bello verde oscuro, esta esmeralda adornaba la tiara del papa Gregorio XIII, elegido en 1572. Conservada un tiempo en el Museo de Historia Natural de París, vuelve a estar en Roma, en la Capilla Sixtina.
Otro emperador, otro regalo célebre: en 1831, Pedro I de Brasil ofrece una esmeralda en bruto de 1.383 quilates a su amigo inglés el duque de Devonshire. Esta esmeralda, sin duda la más pesada conocida, puede verse hoy en el Museo Británico de Londres. Se extrajo de las minas de Muzo, en Colombia. Su color y su transparencia son excepcionales.
Virtudes y propiedades de la esmeralda en litoterapia
La esmeralda, como todas las piedras verdes, es portadora de esperanza. Es la piedra del amor y de la sabiduría. Los antiguos, según el naturalista Buffon, pensaban que su color alegre ahuyentaba la tristeza y hacía desaparecer los «fantasmas melancólicos» (los pensamientos negros de hoy). La esmeralda se asocia a varios chakras: el chakra del corazón, el chakra del tercer ojo y el chakra corona.
Los beneficios contra los males físicos
En el plano físico, la esmeralda tiene fama de ser una excelente piedra de regeneración y fortalecimiento, en particular para el sistema digestivo. En litoterapia se utiliza para toda una serie de afecciones:
- Alivia la fatiga ocular y las enfermedades de los ojos (cataratas)
- Ayuda a combatir anginas, gripe, otitis, sinusitis y catarro
- Refuerza el sistema inmunitario
- Cuida el sistema cardiovascular
- Calma los dolores articulares (artritis, reumatismo)
- Desintoxica el hígado y el páncreas
- Fortalece los riñones y ayuda en la lucha contra la diabetes
- Estimula la digestión y tranquiliza el intestino
- Protege la columna vertebral
- Alivia las migrañas
- Atenúa los síntomas de la esclerosis múltiple
- Reduce las manifestaciones de la epilepsia
- Acelera la recuperación tras una enfermedad
Se recomiendan los elixires de esmeralda para mejorar la agudeza visual, purificar el organismo y reforzar las defensas.
Los beneficios sobre la psique y las relaciones
Piedra de amor, de conocimiento y de armonía, la esmeralda es útil para quienes buscan el equilibrio y quieren crear condiciones favorables, tanto de viaje como en la vida cotidiana. En litoterapia se le reconocen distintas virtudes:
- Alivia los trastornos afectivos
- Estimula la memoria
- Equilibra los sentimientos amorosos
- Facilita las relaciones familiares y el vínculo entre padres e hijos
- Estimula el conocimiento y el saber
- Fomenta la lealtad
- Favorece la amistad
- Aporta comprensión y discernimiento, amplía la mirada
- Ayuda a recuperar la paz interior, calma las emociones
- Fomenta la tolerancia y la moderación
- Estimula la cooperación en grupo
- Disuelve los conflictos acumulados desde la infancia
- Ayuda a luchar contra la claustrofobia
Purificación y recarga de la esmeralda
Deja las esmeraldas unas horas en agua, preferiblemente destilada o desmineralizada. Evita la sal. No limpies las piedras pulidas con aparatos de ultrasonidos. La recarga se hace a los rayos del sol (calor moderado) o sobre una drusa de cuarzo.



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